Relato:”La Cueva del Lago”

Ya no sintonizaban la misma melodía y esta afirmación no era metáfora de su distanciamiento sino una realidad que esa mañana constató mientras oía a Alberto tararear en la habitación de al lado una de esas canciones melancólicas que tanto le irritaban. Alicia se esforzaba por superar la caída del otoño entonando el “Boys don’t cry” de The Cure y él la exasperaba con un Rufus Wainwright de días de lluvia y manta. Ella se aferraba al verano mientras la Plaza de las Flores le siguiera ofreciendo sol, tirantes y buenas tapas; él, en cambio, se crispaba ante los treinta grados a mediados de octubre con la rabia del que se siente estafado por el ciclo natural de las estaciones.

– Salgo a tomarme una caña con Marisa. No puedo ver este sol y quedarme aquí. Si te quieres venir…

Alberto levantó una ceja para cerciorarse de la determinación de sus vaqueros ajustados. Contuvo una respuesta y sólo le devolvió un gruñido desde la penumbra de su cuarto en el que había logrado invocar el gris del otoño gallego. Sus huesos se habían enhebrado con lluvia y no recordaba en qué momento había creído que la aridez y el sol incansable de Murcia serían buen refugio para su alma.

Alicia dio media vuelta, recogió el pasillo de luz que durante segundos se había desparramado por el otoño de su marido y cerró la puerta con el mismo interrogante de siempre en el puño, esa incógnita creciente que se había instalado entre los dos, estaciones irreconciliables bajo el mismo techo: ¿por qué seguían juntos?

En el ascensor se encontró con Lola. Dudó si entrar con ella o bajar por las escaleras. Lola percibió su estupor y la invitó a subir con naturalidad:

– ¡Alicia! ¿Qué tal? ¡Cuánto tiempo sin verte!

El ascensor olía a ella, a su verano interminable y esta vez tampoco pudo negarse a su invitación de luz. Odió a Alberto por no saber ser ni  primavera.

Lola se adelantó para darle dos besos y el contacto con su piel le demostró que aún podría retomar los paseos clandestinos a su piso, las escapadas de fin de semana con excusas de congresos, las inmersiones de buceo compartidas. Se quedó sin palabras y, aunque le fastidiaba que Lola percibiera su nerviosismo, no pudo evitarlo.

– Bajas, supongo…- dijo ella divertida. Sus ojos verdes recorrieron su silueta en un instante. – Estás preciosa – le admitió sin titubeos.

Las manos de Alicia sudaban, sus labios sonreían desposeídos de todo control y a punto estuvo de volver a casa y someter a Alberto a una sesión de sexo violento y obsceno.

Lola la cogió de la mano mientras posaba la otra en su cintura.

– No te olvido. Sigo viviendo en el mismo piso y, si te apetece, el sábado buceo en Puerto de Mazarrón. Nos van a llevar a la Cueva del Lago en Cabo Tiñoso. Es un lugar mágico, seguro que nunca has buceado en un sitio igual.

Le hubiera gustado hacer uso de un aplomo inexistente y desasirse de su mano y del anhelo por sus caderas, pero su piel no olvidaba y la inmersión en La Azohía despertó su curiosidad de buceadora. Ese verano sólo había hecho un par de inmersiones en Cabo de Palos porque Alberto no había querido renunciar ni a una sola hora de vacaciones en Sanxenxo, donde subir la persiana cada día era como verse atrapado en el diluvio reiterante del día de la marmota.

Balbuceó con dificultad:

– Sí, me gustaría ir a esa cueva.

– ¡Genial! Te doy los detalles más tarde y concretamos. Yo conduzco, que he estrenado coche.

Lola llevaba el pelo más corto pero seguía teniendo el mismo brillo y ese tono negro intenso que a nadie más había conocido. Deseó sus labios y la calidez de su cuello con una furia que ya creía muy lejos. Se sorprendió a sí misma adentrándose en el recuerdo de su escote, y cayó sobre su conciencia un resquicio del lastre que dejaron confesionarios, convención y “normalidad”.

Se despidieron con otro par de besos y no pudo evitar colgar la mirada de las caderas de Lola mientras se alejaba. Esperó unos minutos antes de dirigirse a la Plaza de las Flores y volvió a plantearse si subir a vejar el otoño de Alberto para resarcirse del verano que había desatado el hambre de Lola, pero la idea le pareció repugnante.

Encontró a Marisa colgada de su bolso Chanel de imitación y con muchas ganas de ponerla al día de su última conquista.

– ¡Es un soso! Me aburre, no hay irlandés más insulso en toda la isla. No tiene ni una pizca de decisión. Fíjate que hasta me llama desde el supermercado para saber si se compra pollo o ternera. ¡Desde allí, desde Dublín! ¡Me pone mala…! – Marisa reía a carcajadas y, por muchos disgustos que le depararan las deudas de su ex, prodigaba agosto a mitad de octubre, y hasta en enero. Alicia procuraba rodearse de personas así y no entendía en qué momento Alberto se le había colado ocultando su aguacero perpetuo.

– Pero, nena, no ha habido otro hombre que me caliente la cama con una bolsa de agua antes de acostarme y a una también le gusta que la mimen, ¿sabes? Cuando me canse de él, le doy viaje y ya está.

Alicia ya había perdido el hilo de la estrategia amatoria de Marisa, pensaba en la vitalidad que exudaba Lola y cómo su cuerpo necesitaba ser arrollado por ella una vez más.

– A ti te pasa algo. Ya al llegar te lo he notado. Algo que no es el aguafiestas de tu marido…

Marisa la conocía bien. Eran amigas desde la universidad y no había gesto que le pasara inadvertido.

– Me he encontrado con Lola en el ascensor…

Le dio un sorbo a su clara y continuó:

– Me ha invitado a bucear en Mazarrón el sábado.

Marisa no tardó en darle su opinión:

– ¡Vete! Ni te lo pienses. No sabes el tiempo que hacía que deseaba que ella reapareciera en tu vida. Alberto no se merece tu espera, tu tiempo, ni siquiera tu presencia. Vete el sábado y lo que surja…

– Estaba guapísima. La verdad es que la echaba de menos… – Echó una ojeada a la pantalla del móvil – Sí, pensaba decirle que sí. Además me apetece mucho bucear. Vamos a ir a un lugar único bajo Cabo Tiñoso: la Cueva del Lago. Me han hablado otras veces de lo precioso que es y no me lo quiero perder.

Las nubes se agolparon por sorpresa sobre la plaza para recordarles que estaban a veinte de octubre y comenzó a llover copiosamente. Se despidieron y corrió hacia casa ya sin temor a desperdiciar verano, dispuesta a compartir la caída de las hojas con Alberto porque siempre podría refugiarse en el recuerdo de la mano cálida de Lola sobre su cadera, en el proyecto de volver a sentir junto a ella el abrazo del mar, ese victoria sobre la gravedad que las acercaba al reino de las aves.

Alberto cocinaba un asado de cordero. Sin saber por qué recordó el relato de Roald Dahl y pensó cómo él podría estar eliminando el arma homicida en ese horno, cómo ella misma podría ser la víctima si él se enterara de que había quedado con Lola el sábado. Inmediatamente concluyó que, en realidad, ella no le importaba tanto ni él tenía tanto miedo de perderla, que quizá hasta le supondría un alivio si se decidiera a abandonarlo.

– ¿Dónde has estado? – su tono era áspero, acorde con el desaliño de su pelo largo de más y la barba de tres días.

– Donde te dije, en la Plaza de las Flores con Marisa.

– Y se te ha jodido el plan con la lluvia, ¿eh? –Rio al verla regresar empapada, gozoso de saberla embadurnada de su otoño. –Te podías haber quitado las botas por lo menos, lo vas a poner todo perdido.

Tantas horas de psicóloga le servían de poco cuando el regreso a la cocina de su madre era instantáneo: nueve años y sus botas chorreaban agua y barro. “¡Te he dicho mil veces que no te metas en los charcos! ¡Eres una torpe! ¡No vales pa ná!”.  “Pero…, mamá, todo estaba lleno de agua…”. Cada otoño, la gota fría inundaba una Murcia desprevenida, una Murcia que ni siquiera hoy está preparada para asimilar tantos litros de agua en tan pocas horas. Otros niños no iban al colegio esos días, pero a ella no le dejaban andarse con tonterías.

Alberto seguía sonriendo su triunfo. Tenía que decirle lo de Mazarrón pero no sabía cómo. Mencionar a Lola alejaría cualquier posibilidad de escapar con éxito y no se sentía con fuerzas para defender su libertad por encima de los deslices del pasado.

– ¡Si te viera tu madre…! –Y volvió a reír mientras sacaba la bandeja del horno para darle una vuelta a la carne. El reloj Art Decó que le había regalado su padrino por su boda dio las tres. Algo turbio y caliente se le instaló en la boca del estómago y le incendió la garganta y los pómulos. Sintió que el otoño de Alberto le ganaba terreno y volvió a preguntarse por qué seguía con él, por qué no se iba en ese preciso momento, por qué no lo metía de una patada en el horno…

Sonó el teléfono y aprovechó para encerrarse en el dormitorio. El nombre de Lola parpadeó en la pantalla del móvil. No era el mejor momento y dudó unos instantes antes de aceptar su presencia en los despojos de su hogar.

-¡Hola! ¿Qué tal? Te llamo para concretar la inmersión del sábado.

Su voz repiqueteaba una melodía familiar y reparadora. Se dejó llevar por su calor aunque su espíritu aún rezumaba huesos húmedos y maltrechos.

-Alfonso me ha dicho que tenemos que estar en el centro de buceo a las nueve para montar los equipos y salir a las nueve y media. El barco tarda una media hora en llegar al punto de inmersión. Está cerca del Arco, ¿recuerdas el Arco?

-Sí, sí, me acuerdo. Iba poco lastrada y justo debajo del arco me subía hacia la superficie. ¡Qué apuro!

-Pues esta vez échate un kilo más porque es una inmersión poco profunda. En realidad el tiempo de inmersión es muy breve. Bajamos unos cuatro metros y nos adentramos en la pared de la montaña a través de una de las dos grandes bocas, recorremos no más de cinco metros y allí dentro volvemos a subir a la superficie para encontrarnos bajo una gran bóveda de piedra. El juego de luces es espectacular.

-¡Qué interesante!

-Eso no es todo. En esta cueva dejaremos los equipos, hasta las aletas y los plomos porque tenemos que recorrer el interior de la gruta. No olvides tu foco, aquello sin luz es una boca de lobo. El terreno no es fácil, ya te puedes imaginar, rocas resbaladizas, arena que se desprende… Y todo eso vestidas con el traje de neopreno de siete milímetros y los escarpines llenos de agua, ja, ja. Si no te resbalas es un verdadero milagro.

-¿Cuánto hay que recorrer?

-Unos ochenta metros.

-¿Y la gente sabe esto?

-Pues creo que no porque la última vez que estuve aquello parecía un viaje de la tercera edad. No te rías, no. ¡No había ni un buzo menor de sesenta años! Yo pensaba: “Cómo se resbale el que va delante subiendo, nos matamos todos”, ja, ja, ja.

La risa de Lola le devolvió tardes de primavera sobre su piel, huidas al baño con las manos entre las piernas para no mojarle el colchón de la risa adolescente que desataba su ingenio.

-La recompensa a este recorrido viene al final…

Se abrió la puerta del dormitorio:

-¿Con quién hablas? –interrumpió Alberto con impertinencia.

-Con Marisa. ¡Déjame tranquila!

-Joer, ¿qué tendréis que contaros media hora más tarde?

Lola aguardaba prudente al otro lado, en ese extremo de la línea que Alicia deseaba habitar y que ahora se preguntaba por qué había abandonado un día.

Alberto derramó otra hilera más de su ocre con otro comentario despectivo y abandonó el cuarto.

-Sigue, Lola. Era Alberto. Ya le conoces…

-Sí, veo que no ha cambiado. Yo… -Alicia sabía lo que le iba a decir, sabía que sufría por ella y que una terrible equivocación de un día no tiene por qué prolongarse toda una vida. Lo sabía pero no quería volver a oírlo.

-Lola, cuéntame el final feliz, por favor.

– Claro. Eso es fácil.

Calló un instante y prosiguió:

-Después de recorrer el interior de la cueva se abre una nueva bóveda sobre un ¡lago!, un lago de agua salobre, y nos bañaremos en él. No tiene más de ocho metros de profundidad pero te advierto que está bastante frío. Es una verdadera maravilla, una de las inmersiones más bellas que he realizado en todo el mundo. Al final, haremos el mismo recorrido a la inversa.

-Me muero de ganas por ir. Llevo mucho tiempo sin bucear y echo de menos el Puerto. Luego nos comemos una buena parrillada de pescado por allí.

Lola tardó en responder. Finalmente dijo:

-Te echaba de menos, Alicia.

Ella no respondió. Gotas de sudor le resbalaban desde la palma de la mano hasta el codo. De la cocina llegaba el olor a cordero que se filtraba por debajo de la puerta. Sobre la mesilla de noche un portarretratos enmarcaba una foto de Alberto y Alicia bajo una lluvia de arroz y pétalos de rosas saliendo de la iglesia.

Lola suspiró dos pisos más arriba:

-Ya sabes donde vivo. Si no puedes aguantar hasta el sábado…

Colgó el teléfono. Aún llevaba puestos los vaqueros empapados. “¡Ves, Alicia! ¡Eres un desastre! Siempre vuelves hecha un asco y yo todo el día aquí limpiando como una esclava para que tú me lo embarres todo”. Tenía nueve años. Miró hacia el televisor: dos chicas discutían apasionadamente y una de ellas lloraba. La película era “La calumnia”. Su madre exclamó: “¡Por Dios, qué asco! ¡Dos mujeres!”.

© Milagros López

 

 

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