Relato: “Narcosis”

Los martes por la tarde, escribo. No cojo el teléfono, no respondo a mensajes, no actualizo mi perfil en las redes sociales. Escribo la tarde. De esta rutina cíclica nace una inspiración dócil que, de ninguna manera, compasa mi narración sesgada, a retazos; inspiración que se adhiere a no menos de seis libretitas diferentes repartidas por bolsos, cajones, la guantera del coche, carpetas en el trabajo… Todos estos lugares se hacen huésped de un verso huidizo que me asalta en el momento más inesperado. Esta lucidez se cobija en la llegada del martes por la tarde porque sabe que ese día, (alguna que otra noche también), se abren las compuertas, se diluye el umbral de la realidad y me permito recolocar sus fronteras a mi aire.

Será por eso que no entendí que me dejaras un martes.  Ese día estoy al otro lado, donde todo es tan posible como imposible, donde tú no eras más que el vacío de tu propia sombra. A mi regreso, te habías ido. En las noticias, Audrey Mestre había perdido la vida a más de cien metros bajo el agua intentando batir un récord. Su tanque de salida no tenía aire. Mi tanque también estaba vacío. Habíamos olvidado recargarlo.

(Casualmente se me acaba de caer el bolígrafo gastado con el que escribo.

Hoy todo relata una caída…, todo relata un ahogo).

Siempre pensé que Pipín – también apneísta, marido y entrenador de Audrey -, más interesado en la fama que ella misma, más obsesionado con batir los ciento sesenta metros alcanzados por Tanya Streeter…; siempre creí que él y su subconsciente olvidaron comprobar que el tanque estaba lleno. No puedo borrar la imagen de Audrey, con ciento setenta y un metros de océano sobre sus hombros y claros síntomas de narcosis, abriendo el tanque vacío que, de haber inflado el globo, la habría rescatado de las profundidades. Un reto sin éxito. No hubo viaje de retorno hacia la luz.

Allí también quedé yo, al otro lado de un martes vespertino, atrapada en el abismo de otra dimensión, el tanque vacío y nulas posibilidades de regresar. De ahí mis digresiones: no me asilo en la misma claridad que te ampara, vivo en una tarde de inspiración continua. Todos mis días son martes de escritura, martes de oceánico no-retorno. Tras el umbral de la cordura, sólo esta oscuridad lumínica bajo los efectos evidentes de la narcosis.

Yo había puesto mi futuro en aquellas dos alianzas que cobijé bajo la menorá que adornaba nuestro salón, bajo su pie de bronce envejecido. Anillos de esperanza que ya hilvanan una nueva historia de amor en mis martes de poesía. En los aros una leyenda: “Ani le dodi, ve dodi li”. Sí, yo era de mi amado y mi amado mío. Esta persona amada, pez volador, ya no eres tú. Tú, que me abandonaste en la cara oculta del segundo día de la semana.

(El olor a quemado de un estofado de ternera me devuelve los segundos de lucidez necesarios para descubrir que el guiso es mío. Aun sin oxígeno, el cuerpo tiene sus exigencias y me veo obligada a cocinar de tanto en tanto).

“Ani le dodi, ve dodi li”. A este lado encontré lo que tú no supiste darme: se tensa mi cuerpo como las cuerdas de un violín, vibra en una nueva melodía. (Rozar la inmortalidad es tarea de ángeles al alcance de todo el que encuentre amor en la tierra). Invadida por su cuerpo y alcanzada por su alma, te puedo asegurar que me alejo del sello insalvable de la muerte. “Ani le dodi, ve dodi li” susurrado al oído, su mirada invasiva y el camino cobra sentido; tu abandono cobra sentido en este ascenso a lo único verdadero. Cuando despierto ya no está aquí, quizá nunca ha estado, salvo por la certeza de que en mi piel brillan escamas de su cola y un hechizo azul atenúa el amanecer.

Me levanto y veo que es lunes. La ilusión de haber escapado de la tarde del martes me dura poco, sólo hasta que abro tu lado del armario y confirmo que sí, que te has ido con tus horrendas camisas de cuadros que ahora me gustaría olfatear; en el despacho, estantes vacíos donde se desbordaban tus libros de arte – te enamoraste de mí por mi belleza prerrafaelista (ahora pienso que mis veinte años de entonces y la frescura de mi piel algo tuvieron que ver con ese profundo amor).

Si no consigo quitarme la bata, regreso a mi tarde de martes con un tazón de té en la mano y el olfato agudizado para detectar arrecifes, praderas de posidonia y hasta algún mero que me supere en edad. Nada de esto ocurre tras el desaliño de mi pelo que no he vuelto a cortar desde que te fuiste hace… ¿seis meses?, ¿dos?, ¿un año?… No hay océano en una habitación donde igual me encuentro la antología de Pizarnik que un calcetín o aquella camiseta con la buzo bebiendo Martini que tanto te gustaba.

Si consigo quitarme la bata, revestir el desaliño con un toque de modernidad “indie” y traspasar la puerta de mi piso…  llegar al pasillo, recorrerlo de principio a fin, tomar el ascensor siempre tan pequeño, descender los seis pisos sin detenerlo antes de alcanzar el bajo y superar el portón que da a la calle –esa laguna inhóspita de gélido infinito –… Si logro llegar hasta ahí, el resto es fácil porque, además de escribir, trabajo entre libros, en la Biblioteca Regional. Es sencillo disimular la evasión. Deshabitar la realidad que ellos conjugan contra mí me hace una librera interesante y, en mis momentos de confianza, invulnerable.

A veces, mientras coloco la sección de filosofía, me parece verte en uno de los pasillos con tus vaqueros de caída libre. Desaparecen las telarañas de mi pelo y me veo con mi blusa blanca luciendo aquel escote de vida y erupción. Llegas hasta mí  – ani le dodi – cuando no queda apenas nadie, salvo algún estudiante enfrascado en su M.I.R. – ve dodi li, me robas de mis prisas con un decidido arranque de tu mano en mi cintura. Tus dedos ávidos encuentran las aguas que ya riegan mi euforia, se adentran para calibrar la curvatura de la gruta ya abonada. “Mi secreto está en el derecho. Llénate la boca con él y soy tuya”. Aprendiste rápido. Ahogar los gemidos entre libros de uso público no era fácil, amortiguar los envites, recomponer las caras radiantes de oxitocina y despertar a las ocho de la tarde de un miércoles en la biblioteca de una ciudad abierta al sol.

Hoy, que he dejado la bata resbalar por mis hombros hasta ovillarse en el suelo, te he visto venir hacia mí con decisión, encontrar el camino preparado –como siempre- y arrebatarme lo que sigue siendo tuyo – ani le dodi – para dejarme abierta y vencida pero con la certeza de haberte cercenado la aleta dorsal – ve dodi li –. Ha sido aquí, a la vista de todos porque es lunes por la mañana y la biblioteca asila a cientos de estudiantes en fuga. Después he reído tanto y tan desmesuradamente que Alicia me ha acompañado a casa, me ha puesto el pijama, la bata – otra vez –, y me ha sentado en el sofá con una pastilla debajo de la lengua.

– Luego me paso a verte. Esta tarde.

He pensado: “No. Esta tarde no. Esta tarde no estoy. Es martes. Esta tarde es martes”. Pero, antes de verbalizar con lentitud de lengua desmayada mis pensamientos, Alicia se ha adelantado:

– Hoy es lunes. Tranquila. Todo está bien.

Yo, en realidad, habría echado un polvo de lunes hasta con Alicia a falta de otro cuerpo, pero ella no se acuesta con heteros que quieren experimentar.

Probablemente sea cuando conduzco el período del día en que menos evidentes son la angustia y el terror. Probablemente al volante de mi opel, estoy a este lado como todos vosotros. “Rien, rien de rien, non, je ne regrette rien…”. Eso sí, toda esta euforia devendría pánico si un pájaro se estrellara contra mi limpiaparabrisas. Frágil sensación de bienestar, pues, si está tan íntimamente ligada a los débiles huesecillos de aves despachurrados frente a mis ojos. Soy una conductora fiable, de eso estoy segura. Tus risas en mis labios rodando por la cama de aquel hotel en Alicante. Nos cambiaron a la habitación del fondo del pasillo para no participar de nuestros gemidos. Cerraron las puertas cortafuegos. No, Edith, moi “je ne regrette rien, ni le bien qu’on m’a fait, ni le mal…”. Después los camareros cuchicheaban a nuestro paso, se morían de envidia.

Me está pitando la furgoneta que llevo detrás porque he dejado que el semáforo se ponga en rojo en dos ocasiones: no veía despejada la ruta, no lo veía claro. Soy una conductora precavida. Además, cuánta belleza en los juncos que se doblan pero que ni el viento de veinte nudos, que nos asola hoy, consigue quebrar. “Tout ça m’est bien égal”.

Cuando me quito la bata, conducir hacia el trabajo es el mejor momento del día. No te sabré multiplicar ocho por nueve, ni me pidas que sume los días que te tuve a los que me tuviste, para restarles los que permanezco bajo tantos metros de agua tras la pared visible de un martes; pero te juro que levito unos centímetros – mi coche incluido en este ascenso –, cuando la impaciencia de los conductores y el guardia civil que me acaba de señalar que me aparte hacia el arcén, me lo permiten. Soy una conductora responsable. ¿Cómo decirle que andaba ocupada reubicando la cresta de la Sierra de Columbares? ¿O que alguien tendrá que desenredar la niebla que sofoca a los almendros si deseamos una adecuada floración? “Maybe I didn’t hold you all those lonely, lonely times”. Salgo del coche y sonrío, sonrío mucho, sonrío tanto que ya río a carcajadas. De esta manera, el agente comprenderá que yo, cuando y sólo cuando conduzco, vivo a este lado y que, aunque ya no compartas mis sábanas, tés, calderos ni profundidades del Mar Rojo, soy una sensata conductora. Hablo tan rápido y río tanto que… Río para resultar agradable y sostengo un libro de Machado entre las manos para denotar cultura y equilibrio. En menos de cinco minutos le he contado al agente que me dejaste pero que lo tengo superado, que sigo trabajando cuando la euforia me embarga y, que si encuentran los anillos que escondí bajo la menorá, no permitan que los nazis los fundan para adornar con esvásticas sus uniformes.

De los juncos, los almendros, la Piaff, Machado, Elvis y los agentes, no sé cómo me encuentro de nuevo en mi salón, el cabello recortado para contrarrestar el desaliño y la bata puesta otra vez. ¿O no es mi salón?

Hoy, he tomado un ascensor para remontar  los metros de masa oceánica que un día oprimieron el cuerpo de Audrey. La ausencia de gravedad en el nuevo medio es lo mejor de haber sustituido mis pulmones, que habían quedado reducidos al tamaño de un aguacate, por branquias. Azul hasta donde la vista alcanza, desorientación hasta encontrar las paredes volcánicas sobre las que destaca mi vestido blanco. Me tumbo sobre el fondo de arena blanca, contemplo en la superficie las ondas de cristal que me aíslan de otro día que no sea martes, de otras horas que no sean las de la tarde.

El agua de los pasillos camino del ático facilita mis movimientos, mi cuerpo ondea explorando su nueva condición pisciforme. Se detiene mi corazón unos instantes cuando aparece Evaristo, el conserje, que me descubre transformada en corvina para acompañar a la apneísta en su descenso. Tardo en recuperarme del susto dos largos minutos. Intento disimular mis aletas, le cuento que he subido a despejarme, que de tanto bucear entre enciclopedias se me están oxidando las escamas. No sé si me comprende o, tras su sonrisa, está marcando el móvil para que me pongan la bata de nuevo. Mi única misión ahora que se me han regalado branquias y ocho aletas, es salvar a Audrey Mestre, salvarme de los ciento setenta y un metros, descender en tu olvido para elevarme sin ti. Ani le dodi, ve dodi li. Las alianzas bajo la menorá en el lecho oceánico… yo las recuperaré. Rescartarme, rescatarla, rescatar las alianzas: ése es mi único objetivo. Me desnudo del martes, de la bata y de la apariencia humana… al fondo del océano de estos doce pisos.

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