“Remeros a medianoche”

ACCÉSIT XXV CERTAMEN LITERARIO “MUJERARTE” 2017

 REMEROS A MEDIANOCHE

Milagros López

 

…Con alivio, con humillación, con terror,

comprendió que él también era una apariencia,

que otro estaba soñándolo.

– Jorge Luis Borges, Las ruinas circulares.

 

Al despertarse aquella mañana intuyó un chico dentro de su cuerpo indudablemente femenino, y le gustó. Aún en el sopor onírico que cobijaba el edredón nórdico a mediados de enero, prefirió acomodarse a esta dualidad llena de posibilidades antes que compartir el descubrimiento con sus padres que pondrían el grito en el cielo y la llevarían al cura del pueblo, con el miedo de que su posible desviación pudiera llegar a oídos de los vecinos.

Cerró los ojos. Buscó de nuevo a ese chico que se había enroscado a su cuerpo de mujer justo antes de despertar y sólo consiguió volver a sentir una cara tibia y suave pegada a la suya. No pudo convocarlo otra vez, se había desvanecido. Se levantó disgustada por la pérdida. Recorrió el largo y frío pasillo que la separaba de la cocina y allí se encontró con su padre que leía el periódico:

-¿Y mamá? –Cuando la madre no estaba, todo era un vacío y un no saber qué decirse.

-Ha ido a la pescadería. –Leía el Marca y no levantó el ceño fruncido de la página –. Recuerda que esta tarde tienes que ir a misa, que mañana iremos a comer a la venta con los tíos.

La iglesia oscura con su ritual de culpa y los cantos rancios cayó sobre la esperanza recién estrenada de una ambigüedad tan prometedora. Tenía trece años, era la mayor de dos hermanos, y aún no tenía fuerzas para desnudarse los ropajes de la imposición patriarcal.

Mientras se hacía un vaso de leche y unas tostadas con prisa, llegó el hermano:

-¿Qué? Menos mal que el Madrid le metió la paliza al Barça, ¿eh? ¡Vaya partidazo! –Y siguieron comentando ese universo futbolístico del que ella quedaba totalmente excluida. La calidez de la leche le devolvió un instante de la plenitud que había sentido en su sueño: un hombre y una mujer se abrazaban dentro de ella. Ella quiso creerse la mujer pero ¿quién era el hombre? El chico, con certeza cinco o seis años mayor que ella, la completaba, la hacía una, y nunca antes se había sentido tan auténtica y tan protegida al mismo tiempo. Necesitaba volver a verle la cara, necesitaba saber qué quería, qué hacía en secreto en su interior, y el día se le hacía largo aguardando el momento de volver a soñarlo.

Apareció su madre. El carro de la compra se desbordaba y otras cuatro bolsas pesadas las llevaba repartidas por los brazos:

-¡La pescadería está imposible los sábados! ¡Cuarenta números tenía por delante! Mira la hora que es y todavía no he empezado ni con el arreglo del arroz…

La ayudó a colocar las bolsas de la compra mientras su padre y su hermano seguían enfrascados en resolver el enigma que movía los millones de euros que ellos nunca tocarían. A Marina siempre le sorprendía tanto apasionamiento cuando tan poco repercutía en el bienestar particular de cada uno.

En la puerta que daba al patio de los limoneros esperaba Chéjov, el foxterrier al que, como era obvio, ella misma había dado nombre. Movió la cola tan entusiasmado y echó tantos viajes de ida y vuelta hasta su correa que no le quedó opción:

-¡Voy a darle una vuelta a Chéjov! –gritó hacia el interior por la ventana que daba desde el patio a la cocina. Sus padres conversaban en un tono muy elevado para entenderse por encima de la turbina del extractor:

-Eso no son más que modas –decía la madre sobre el sofrito de marisco y pescado.

-Pues eso, no me creo yo que ahora haya tanto mariconeo de pronto… –Cuando su padre se enfadaba temblaba su mundo y, aunque ahora nada tenía que ver con ella, temió por los homosexuales, si bien no conocía a ninguno.

-¡Me voy! ¡Me llevo al perro! –Volvió a gritar desde la ventana. Se asomó su madre con la rasera en la mano.

-Bien, hija, bien. Coge las llaves que nosotros vamos a salir una hora antes de comer. Tenemos que echar una mano en la iglesia con el reparto de ropa y la campaña de alimentos.

En el paseo de la playa, la esperaba Miguel con su inseparable patinete de madera rígida. Chéjov se volvió loco de alegría porque siempre jugaba con él. Marina dudó entre si contarle su sueño o esperar a que llegara Carmen. Eran sus dos mejores amigos, se conocían desde que habitaban el vientre de sus madres y, ya entonces, habían sintonizado sus almas en un mismo canal indestructible.

Apareció su tía Pepita que iba camino del Club Náutico:

-Marinica, estás guapísima. ¿Cómo va el instituto? Menudas notas estás sacando, ¿no?

Su tía había sido maestra de escuela pero ahora era Inspectora de Educación. Se interesaba mucho por los éxitos académicos de todos sus sobrinos, no había familiar que le celebrara más sus logros, nadie que le jaleara con más entusiasmo un físico que, aunque ella afirmara que se asemejaba a Claudia Schiffer, nada tenía de destacable.

-Sí, tita, voy bien.

Su tía la miraba de arriba abajo:

-¡Qué bonica estás! Los tendrás a todos locos… –Miró a Miguel que se había alejado con el patinete perseguido por Chéjov–. Siempre vas con ese chaval enclencucho tan feo…

-¡Tita! –Siempre hacía lo mismo, a veces hasta delante del mismo Miguel– ¡Es mi mejor amigo! ¡Te va a oír!

-Eres igual que tu abuelo… Tan listo, tan guapo…–Marina no tuvo tiempo de conocer a su abuelo porque había muerto justo un mes antes de que ella naciera. Era marinero y le habían puesto su nombre en honor a él.

-Bueno, me voy. Voy a comer al Club, que he quedado con dos inspectores de Murcia y los voy a invitar a un caldero del Mar Menor. Les va a encantar porque la última vez que estuvieron Isabel y su marido nos hicieron uno buenísimo…–La tía seguía hablando incluso cuando ya se había alejado de Marina un par de metros.

En el silencio que dejó la verborrea de su tía, el mar le devolvió la calma para tomar consciencia de que nadie podría reconstruir al hombre sino ella y que quizá no precisaba de dormir exclusivamente, sino de momentos como éste en que, con la vista prendida del horizonte, alguien desde otra costa la soñaba a ella en su interior y se le abrazaba y quizá, en este preciso instante, miraba también hacia donde el mar se funde con el cielo y la buscaba.

Llegó Carmen y la sacó de su descubrimiento con un susto por detrás. Ella, como siempre, gritó y saltó en grotesca desproporción a la intensidad de la broma. Carmen se desternillaba.

-¡Tonta! Siempre igual. Siéntate, quiero contarte algo.

Se sentaron en el murete de piedra que separaba la arena de la playa del paseo marítimo, mirando hacia el mar.

-He soñado un chico…–dijo Marina enigmática y, antes de que la amiga cifrara en palabras el desconcierto de sus ojos, continuó–: Esta noche, un chico se abrazaba a mí y lo he sentido tan yo misma que… No sé, es difícil de explicar…

-¿Un sueño erótico? ¡Yo tengo montones!

-No, no era eso. ¿No entiendes?  Yo era ese chico tanto como soy yo misma. Mi cuerpo se dividía y se unía al suyo para ser un todo, para ser yo. Yo existo gracias a él y él a mí misma.

-Sí, hija, es difícil de entender, la verdad. Yo de ti no iría contando eso por ahí.

-Lo más importante es que nunca me había sentido tan real, tan yo, tan plena. No me queda más remedio que volverlo a ver, que saber si sigue ahí, que conocerlo tanto como creo conocerme a mí misma…

Carmen no salía de su asombro pero se le empezaba a poner cara de guasa.

-Tía, tú no estás bien. Ya te decía yo que tanto leer no era bueno. Anda, vamos un rato con Miguel y te despejas.

 

No volvió a soñar al hombre aquella noche, ni la noche siguiente, ni en muchos años… por lo que, con el tiempo, dejó hasta de pensarlo y se olvidó de él. A los veintiocho años, se despertó una madrugada empapada en sudor pero gozosa. Aunque estaba en el sexto mes de embarazo, no era su bebé niña la que le había proporcionado ese bienestar indescriptible, era el abrazo de un hombre, un hombre de su edad que se hacía parte de su cuerpo, ahora dividido en dos mitades abrazadas, en una unidad absolutamente perfecta. Entonces sí recordó el sueño que había tenido de adolescente, si es que aquello tan real se podía considerar un sueño.

Jorge se removió a su lado. Decidió salir del dormitorio para no despertarlo. En la cocina se preparó una infusión y se sentó con el tazón entre las manos y la vista velada para no disipar la gran verdad que acababa de tener lugar dentro de sí. Esta vez no podía permitirse perder de nuevo a ese hombre que se había infiltrado en lo más auténtico de su ser para convertirse en ella misma. Tenía que encontrar el camino para llegar a él; camino que no sería convencional y que, sin duda, violaría todas las leyes del conocimiento empírico. Sin saber por qué recordó “Alice”, esa película de Woody Allen en la que Mia Farrow, a través de la medicina oriental y muchas infusiones, llegaba a su verdad. Debía existir un chamán de culturas ancestrales que la supiera conducir hasta ese hombre. También recordó Las enseñanzas de Don Juan de Carlos Castaneda, pero el método de los alucinógenos psicotrópicos le pareció demasiado arriesgado incluso superados el embarazo y la lactancia.

Desde el primer instante tuvo claro que no compartiría su sueño con el escepticismo de Jorge. Tenía confianza para tratar con él casi todo tipo de asuntos: domésticos, académicos, sexuales…; pero nada que tuviera que ver con lo esotérico, lo paranormal o lo fantástico. Su mente matemática le impedía compartir la creencia de que existe una realidad paralela inexplicable para las leyes de la ciencia, no demostrable y, sin embargo, tan verdadera como la constatada por el conocimiento. Cada vez que habían hablado sobre alguno de estos temas controvertidos, acababan discutiendo e irreconciliables, por lo que no le diría ni media palabra.

Camino del instituto de Secundaria donde impartía clase, con la mirada fija en la cumbre que se alzaba dando abrigo al pueblo al que se dirigía, vio el rostro del hombre con la misma claridad con que lo había sentido en sueños: un rostro apacible, de tez pálida, la nariz firme encajada con la suya tan pequeña y se hacían una sola cara pómulo con pómulo; también los dos cuerpos abrazados eran moldura uno del otro hasta la perfección.

La visión duró unos segundos y se esfumó como había venido, dejando esa paz como sólo en aquellas otras ocasiones había experimentado. Entró en clase, le costaba concentrarse. El más revoltoso de los alumnos la increpó:

-¡Profesora, ¿le pasa algo?!

-No, Daniel, estoy bien, gracias. Vamos a empezar a corregir los ejercicios que mandé para casa. A ver, voy a ir uno por uno para ver quien los ha hecho.

Como era de esperar sólo los habían hecho los cuatro de siempre, y el resto decían o bien que no los había mandado o que no se habían enterado. Les puso sus notas negativas correspondientes, elevó la voz un par de veces para establecer el orden entre los que empezaban a dispersarse y se dispuso a corregir.

Al fondo del aula, como de costumbre, en una mesa solitaria se sentaba Rebeca, una chica enigmática y silenciosa que hasta en los recreos prefería esconderse a leer en la biblioteca. Al mirarla percibió algo inusual en su mirada. No le dio más importancia y prosiguió con la clase. Cuando hubo explicado la materia nueva, los puso a trabajar en grupos de cuatro. Con Rebeca siempre tenía el mismo problema porque nadie la quería en su grupo y ella misma no quería pertenecer a ninguno. Se acercó a su lado:

-Rebeca, ¿en qué grupo prefieres ponerte?

-Eso no importa ahora.

Le sacaba un poco de quicio este personaje extraño que venía a distorsionar la rutina del alumnado. Llevaba diez años dando clase y este espécimen venía a alterarle todas las variables clasificadas, no encajaba en ningún molde. Iba a contestarle que se pondría donde ella dijera cuando la chica continuó:

-Ahora importa el sueño.

La respiración se le entrecortó por segundos. Rebeca no la miraba directamente a los ojos, tampoco parecía ser consciente de la importancia que para ella tenía lo que acababa de decir. No sintió miedo sino más bien curiosidad; Marina sí creía en lo sobrenatural y en la percepción sin adulterar de algunas almas genuinas.

-¿Te refieres a mi sueño?

La clase se alborotaba más de lo aceptable y tuvo que detener la conversación para ponerlos firmes con amenazas de calificaciones bajas y llamadas telefónicas a casa.

Volvió la mirada hacia Rebeca.

-¿De qué sueño hablas, Rebeca?

-Cada uno se descubre a sí mismo en este sueño. Es el sueño de la vida previa, de la vida por venir…

Hablaba como en trance pero con aplomo. Entonces sí sintió miedo.

-No somos uno, somos vidas en transición.

-¡Rebeca! –Posó una mano sobre su hombro, zarandearla sería motivo de denuncia. La chica la miró estupefacta y le contestó:

-De acuerdo, profesora, me pongo en el grupo de Alejandra y Lucía.

Sus últimas palabras quedaron flotando en su cabeza: “Vidas en transición…, vidas en transición…, transición…”. No era tan incomprensible después de todo, estaba claro que nuestras vidas fluyen del nacimiento a la muerte, de un estado a otro. Pero… ¿eso de una vida previa y otra por venir?

Sintió no poder compartir nada de esto con Jorge. Tampoco tenía ya a su amiga Carmen que se había ido a vivir a Grecia y sólo hablaban de tanto en tanto. Esa noche se esforzó en soñar de nuevo al hombre pero no fue así, ni la noche siguiente, ni los meses venideros.

Entonces nació su primera hija y el mundo se detuvo para contemplar su crecimiento y ya no importaba que un hombre la habitara, aprendió a vivir con esta verdad por descubrir. Después llegó otra hija y el mundo se extasió de nuevo, ya no había tiempo ni ganas de construir al hombre. No renunciaba a su abrazo interno que la constituía plena, pero no se esforzaba en soñarlo.

 

Marina cumplió los cuarenta y ocho años en Inglaterra. Había alquilado una casita de piedra con el tejado a dos aguas en la Trinity Street de Salisbury y cada día se regalaba el placer de contemplar la espectacular aguja de la catedral horadando las nubes. Sus hijas, aunque la sabían autosuficiente, la llamaban cada noche para comprobar que se encontraba bien. Ella aprovechaba su estancia en el condado de Wiltshire para realizar excursiones a pie o en autobús. Adoraba la campiña inglesa, por lo que se alejaba de Salisbury por senderos de arena entre la vegetación siempre verde y profusa y, allí, en las afueras, volvía a sorprenderle la arrogancia de la aguja que no dejaba descanso al cielo.

Así, dos millas a pie al norte de la ciudad, llegó una mañana de viento y sol a Old Sarum, una colina en la que ya se fechaban asentamientos en el tres mil antes de Cristo si bien sólo quedaban las marcas en el suelo de las antiguas construcciones y los dos anillos concéntricos excavados en la colina. Marina sintió las vidas que habían nacido, luchado y muerto allí; sintió el abandono póstumo del enclave a favor de Salisbury junto al río Avon y sus cuatro afluentes.

De regreso a casa se detuvo a descansar sobre un banco que habían dedicado a una tal Emily Waterson a la que le gustaba leer a Keats allí sentada, y, al cerrar los ojos, percibió con claridad el abrazo olvidado del hombre. Ahora el hombre era un anciano. La sensación de plenitud fue la misma y, como en otras ocasiones, lo quiso retener y, como siempre, se le esfumó bajo los párpados, diluido en sus venas, bajo la piel…

Pero esta vez no tuvo que esperar tanto, esa misma noche lo volvió a soñar y el hombre, por primera vez, se desligó de su abrazo y se alejó para siempre.

Se despertó dividida y angustiada, una mitad de ella había perecido allí en el condado de Wiltshire y no tenía con quien compartirlo. Supo con seguridad que el hombre había muerto y se obligó a dormir en busca de una solución.

Al despertar tomó el autobús que la acercaría a Stonehenge. No sabía lo que iba a encontrar allí pero la imagen del crómlech megalítico la había perseguido durante las tres horas en las que logró soñar tras la despedida del hombre. Aunque la construcción tan sólo estaba a nueve millas de Salisbury, el trayecto en autobús duraba una hora. Una hora que Marina aprovechó para dormitar con la esperanza de recibir más indicaciones sobre lo que hacer allí, sobre cómo recuperar al hombre escindido, cómo devolverle la vida.

La visita a Stonehenge estaba tan enfocada al turismo y a la preservación del conjunto neolítico que el acceso se hacía obligatorio a través de un centro de visitantes que Marina recorrió en escasos dos minutos. Salió al exterior, Stonehenge ya quedaba más cerca, altivo y despejado se alzaba sobre la colina bajo un cielo gris plomizo que invitaba a la lluvia. El viento soplaba enérgico y frío aunque estaban a mitad de agosto. Avanzó decidida por el camino trazado para la visita, un camino flanqueado por cordones para que nadie osara acceder a los dólmenes y mancillar su vida secular con la palma de las manos. No dejó de caminar hasta que la ruta señalada se acercó al círculo exterior, allí se detuvo y esperó. No tenía claro qué esperaba, fingía tomar fotografías, contemplar el paisaje… Esperó. Temía que uno de los vigilantes la instara a continuar el trayecto forzado. Se agachó para atarse las cordoneras de los deportivos, alzó la vista al cielo y cuando el único rayo de sol atravesó oblicuo la espesura de las nubes, saltó el cordón que la separaba del monumento y corrió hacia el centro que iluminaba el haz osado, el centro mismo de los cuatro círculos concéntricos. Cerró los ojos y aguardó el milagro. Transcurrieron unos treinta segundos hasta que dos vigilantes le indicaron amablemente que debía abandonar el recinto.

Medio minuto fue suficiente para reconstruir un abrazo en su interior: una señora anciana vino a completarla esta vez y, aunque no comprendía qué extraño fenómeno había sustituido al hombre por la mujer, volvió a sentirse una y plena.

Esa noche cuando habló con sus hijas la percibieron lejana y misteriosa. Por más que insistió en que se encontraba perfectamente, Lucía apareció por allí dos días más tarde con la excusa de rememorar sus viajes de infancia al país anglosajón. Rieron, visitaron la hermosísima Abadía de Bath una vez más, cenaron en el King’s Head Inn y ni siquiera a su hija más intuitiva fue capaz de contarle el secreto que la había acompañado desde su adolescencia.

 

Tras la jubilación, Marina disfrutó de la calma y el estado propicios para doblegar sus sueños; un estado onírico que no implicaba necesariamente estar dormida. Aprendió a conjurar el advenimiento de la visión de su abrazo interno; fue un proceso largo y minucioso, pero durante esos últimos años pudo perfilar con mayor o menor éxito el rostro de la mujer que la completaba cada vez que se lo propuso. Era tan simple como entrar en trance a través de la meditación, destreza que fue desarrollando gracias a un alto conocimiento de sus procesos anímicos y mentales. No era un trance profundo pero sí un estado de contemplación en el que se deleitaba viendo su cuerpo íntegro y dividido a un tiempo, esa perfección incuestionable que por primera vez creyó comenzar a entender.

La mujer abrazada, que era una anciana en Stonehenge, sufrió el proceso inverso al hombre que se le había abrazado en la primera mitad de su vida: cada año se iba rejuveneciendo dos o tres años, de manera que, mientras Marina envejecía, la mujer iba regresando paulatinamente a la edad madura, la juventud…

-¡Mamá! ¡Mamá! –Irene la sacó de su ensimismamiento.

-¡Ay, mamá, estás siempre en Babia!

Llevaba razón, Marina no precisaba soledad ni silencio para dibujar cada milímetro de la piel interna que conformaba su abrazo, podía hacerlo limpiando los mejillones sobre el fregadero, haciendo las camas y, a veces, hasta leyendo un libro.

-¿Te puedes quedar con Daniela un par de horitas? Tengo que acercarme a un recital de poesía por compromiso y allí se aburre.

-Claro, hija, me quedo de mil amores con el sol de mi nietecita. ¿Quieres que la recoja yo del colegio?

-No, no hace falta. Es a las siete, les he dicho que me pongan al principio para volver pronto. Te la traigo a las seis y media, ¿vale?

-A las seis y media, estupendo.

Las tardes con Daniela o con cualquiera de sus otros dos nietos detenían la trayectoria de todos los planetas en su sistema particular. Se suspendía la meditación y el rostro de la mujer volvía a disiparse, pero estos descansos sólo servían para confirmarle que, pasado el cataclismo, podía recuperar el camino hacia ella en escasos minutos.

-Abuela, ¿jugamos?

-Claro, cariño, ¿a qué quieres jugar?

-Al “Veo, veo”.

-Venga, ¿empiezo yo?

A la cuarta ronda, Daniela sonreía con la picardía de que esta vez la abuela no lo iba a acertar. Aunque sólo tenía cinco años, era muy competitiva, por lo que el regocijo era mayor.

-Veo, veo… -comenzó con una amplia sonrisa y el brillo del vencedor en los ojos.

-¿Qué ves? –Marina ya se había puesto a preparar una tortilla de patatas para la cena.

-Empieza por la “m”, ¿qué será?, ¿qué será?, ¿qué será? –canturreaba.

-¡Mesa!

-Nooo. –La niña se reía a carcajadas y brillaba un hilo límpido en cada una de sus notas.

-A ver… ¡Mano! ¡Mosca! ¡Melón!

-Nooo, abuela, nooo.

Marina ya no sabía qué decir.

-¿Te rindes, abuela? ¿Te rindes?

-¡Sí, madre mía, qué difícil! Me rindo.

Daniela saltaba pizpireta de un lado a otro, no podía reprimir su gozo.

-¡Mujer! ¡“M” de mujer!

-Pero… ¿qué mujer? ¿Yo?

-No, abuelita, la mujer ésa que siempre te abraza. Debe quererte mucho…

 

Cuando Marina cumplió noventa y seis años, la mujer que la cohabitaba se había convertido en un precioso bebé a punto de nacer. Ya no requería ningún esfuerzo concretar sus facciones, más bien le resultaba imposible conectarse al mundo real si es que lo había. Sus hijas habían venido a rodear su cama con sus tres nietos ya adultos. Daniela, su nieta, estaba reluciente a punto de dar a luz, sería una niña y le acababa de susurrar al oído que la llamaría Marina. Su difusa percepción le impedía fijar la frontera entre el exterior  y su interior ya tan cabal como absorbente. Agradecía la presencia de todos a su alrededor, hasta de su hermano casi tan anciano como ella, pero no comprendía por qué se habían puesto de acuerdo para arrebatarle la paz todos a un tiempo. Miró a su propia niña a punto de nacer y no encontró fuerzas para desligarse de su abrazo.

Llegó la noche. Sólo sus hijas y su nieta Daniela aguardaban adormecidas sobre las camas del dormitorio contiguo. Entreabrió los ojos, llegaron los remeros sin rostro de la medianoche que ya un día invocó Borges y le arrebataron a la niña. Con la escisión de la nueva vida, la suya misma se entregó en un último silencio. No hubo dolor, tan sólo una apacible transición y Daniela se despertó de súbito.

 

 

Publicación relato “Remeros a medianoche”

Mi relato “Remeros a medianoche”, galardonado con el accésit en el XXV Certamen Literario Mujerarte, convocado por la Delegación de Igualdad del Ayto. de Lucena, Córdoba, ha visto la luz en una magnífica edición introducida por el estudio “La expresión de lo secreto en la Poesía española escrita por mujeres” de Mª Ángeles Hermosilla Álvarez, Catedrática de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la UCO. La belleza de la cubierta se debe a la artista Ana BMP.

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