“A ras del mar” formato digital gratuito

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“A ras del mar” se ofrece al público en formato digital gratuito. Vio la luz en papel en abril de 2014: dos ediciones con la Editorial Torremozas prácticamente agotadas; magnífico prólogo de la poeta Cecilia Quílez; reseñado entre otros por Fco. Javier Díez de Revenga, Manuel López Azorín y Soren Peñalver; recitado en festivales y múltiples eventos; algunos de sus poemas traducidos al inglés, al rumano, al polaco y al holandés; traducido al francés en su totalidad por Dr. Ahmed Oubali; poemas publicados en revistas de Argentina, México, Holanda, Polonia, Inglaterra…; poemas ilustrados por Vidal Maíquez; viajó a Túnez, a Michigan, a París, Londres, Afganistán, en submarino…
Si te apetece leer esta historia de amor en poemas, ahora está enteramente a tu disposición.

 

Relato:”La Cueva del Lago”

Ya no sintonizaban la misma melodía y esta afirmación no era metáfora de su distanciamiento sino una realidad que esa mañana constató mientras oía a Alberto tararear en la habitación de al lado una de esas canciones melancólicas que tanto le irritaban. Alicia se esforzaba por superar la caída del otoño entonando el “Boys don’t cry” de The Cure y él la exasperaba con un Rufus Wainwright de días de lluvia y manta. Ella se aferraba al verano mientras la Plaza de las Flores le siguiera ofreciendo sol, tirantes y buenas tapas; él, en cambio, se crispaba ante los treinta grados a mediados de octubre con la rabia del que se siente estafado por el ciclo natural de las estaciones.

– Salgo a tomarme una caña con Marisa. No puedo ver este sol y quedarme aquí. Si te quieres venir…

Alberto levantó una ceja para cerciorarse de la determinación de sus vaqueros ajustados. Contuvo una respuesta y sólo le devolvió un gruñido desde la penumbra de su cuarto en el que había logrado invocar el gris del otoño gallego. Sus huesos se habían enhebrado con lluvia y no recordaba en qué momento había creído que la aridez y el sol incansable de Murcia serían buen refugio para su alma.

Alicia dio media vuelta, recogió el pasillo de luz que durante segundos se había desparramado por el otoño de su marido y cerró la puerta con el mismo interrogante de siempre en el puño, esa incógnita creciente que se había instalado entre los dos, estaciones irreconciliables bajo el mismo techo: ¿por qué seguían juntos?

En el ascensor se encontró con Lola. Dudó si entrar con ella o bajar por las escaleras. Lola percibió su estupor y la invitó a subir con naturalidad:

– ¡Alicia! ¿Qué tal? ¡Cuánto tiempo sin verte!

El ascensor olía a ella, a su verano interminable y esta vez tampoco pudo negarse a su invitación de luz. Odió a Alberto por no saber ser ni  primavera.

Lola se adelantó para darle dos besos y el contacto con su piel le demostró que aún podría retomar los paseos clandestinos a su piso, las escapadas de fin de semana con excusas de congresos, las inmersiones de buceo compartidas. Se quedó sin palabras y, aunque le fastidiaba que Lola percibiera su nerviosismo, no pudo evitarlo.

– Bajas, supongo…- dijo ella divertida. Sus ojos verdes recorrieron su silueta en un instante. – Estás preciosa – le admitió sin titubeos.

Las manos de Alicia sudaban, sus labios sonreían desposeídos de todo control y a punto estuvo de volver a casa y someter a Alberto a una sesión de sexo violento y obsceno.

Lola la cogió de la mano mientras posaba la otra en su cintura.

– No te olvido. Sigo viviendo en el mismo piso y, si te apetece, el sábado buceo en Puerto de Mazarrón. Nos van a llevar a la Cueva del Lago en Cabo Tiñoso. Es un lugar mágico, seguro que nunca has buceado en un sitio igual.

Le hubiera gustado hacer uso de un aplomo inexistente y desasirse de su mano y del anhelo por sus caderas, pero su piel no olvidaba y la inmersión en La Azohía despertó su curiosidad de buceadora. Ese verano sólo había hecho un par de inmersiones en Cabo de Palos porque Alberto no había querido renunciar ni a una sola hora de vacaciones en Sanxenxo, donde subir la persiana cada día era como verse atrapado en el diluvio reiterante del día de la marmota.

Balbuceó con dificultad:

– Sí, me gustaría ir a esa cueva.

– ¡Genial! Te doy los detalles más tarde y concretamos. Yo conduzco, que he estrenado coche.

Lola llevaba el pelo más corto pero seguía teniendo el mismo brillo y ese tono negro intenso que a nadie más había conocido. Deseó sus labios y la calidez de su cuello con una furia que ya creía muy lejos. Se sorprendió a sí misma adentrándose en el recuerdo de su escote, y cayó sobre su conciencia un resquicio del lastre que dejaron confesionarios, convención y “normalidad”.

Se despidieron con otro par de besos y no pudo evitar colgar la mirada de las caderas de Lola mientras se alejaba. Esperó unos minutos antes de dirigirse a la Plaza de las Flores y volvió a plantearse si subir a vejar el otoño de Alberto para resarcirse del verano que había desatado el hambre de Lola, pero la idea le pareció repugnante.

Encontró a Marisa colgada de su bolso Chanel de imitación y con muchas ganas de ponerla al día de su última conquista.

– ¡Es un soso! Me aburre, no hay irlandés más insulso en toda la isla. No tiene ni una pizca de decisión. Fíjate que hasta me llama desde el supermercado para saber si se compra pollo o ternera. ¡Desde allí, desde Dublín! ¡Me pone mala…! – Marisa reía a carcajadas y, por muchos disgustos que le depararan las deudas de su ex, prodigaba agosto a mitad de octubre, y hasta en enero. Alicia procuraba rodearse de personas así y no entendía en qué momento Alberto se le había colado ocultando su aguacero perpetuo.

– Pero, nena, no ha habido otro hombre que me caliente la cama con una bolsa de agua antes de acostarme y a una también le gusta que la mimen, ¿sabes? Cuando me canse de él, le doy viaje y ya está.

Alicia ya había perdido el hilo de la estrategia amatoria de Marisa, pensaba en la vitalidad que exudaba Lola y cómo su cuerpo necesitaba ser arrollado por ella una vez más.

– A ti te pasa algo. Ya al llegar te lo he notado. Algo que no es el aguafiestas de tu marido…

Marisa la conocía bien. Eran amigas desde la universidad y no había gesto que le pasara inadvertido.

– Me he encontrado con Lola en el ascensor…

Le dio un sorbo a su clara y continuó:

– Me ha invitado a bucear en Mazarrón el sábado.

Marisa no tardó en darle su opinión:

– ¡Vete! Ni te lo pienses. No sabes el tiempo que hacía que deseaba que ella reapareciera en tu vida. Alberto no se merece tu espera, tu tiempo, ni siquiera tu presencia. Vete el sábado y lo que surja…

– Estaba guapísima. La verdad es que la echaba de menos… – Echó una ojeada a la pantalla del móvil – Sí, pensaba decirle que sí. Además me apetece mucho bucear. Vamos a ir a un lugar único bajo Cabo Tiñoso: la Cueva del Lago. Me han hablado otras veces de lo precioso que es y no me lo quiero perder.

Las nubes se agolparon por sorpresa sobre la plaza para recordarles que estaban a veinte de octubre y comenzó a llover copiosamente. Se despidieron y corrió hacia casa ya sin temor a desperdiciar verano, dispuesta a compartir la caída de las hojas con Alberto porque siempre podría refugiarse en el recuerdo de la mano cálida de Lola sobre su cadera, en el proyecto de volver a sentir junto a ella el abrazo del mar, ese victoria sobre la gravedad que las acercaba al reino de las aves.

Alberto cocinaba un asado de cordero. Sin saber por qué recordó el relato de Roald Dahl y pensó cómo él podría estar eliminando el arma homicida en ese horno, cómo ella misma podría ser la víctima si él se enterara de que había quedado con Lola el sábado. Inmediatamente concluyó que, en realidad, ella no le importaba tanto ni él tenía tanto miedo de perderla, que quizá hasta le supondría un alivio si se decidiera a abandonarlo.

– ¿Dónde has estado? – su tono era áspero, acorde con el desaliño de su pelo largo de más y la barba de tres días.

– Donde te dije, en la Plaza de las Flores con Marisa.

– Y se te ha jodido el plan con la lluvia, ¿eh? –Rio al verla regresar empapada, gozoso de saberla embadurnada de su otoño. –Te podías haber quitado las botas por lo menos, lo vas a poner todo perdido.

Tantas horas de psicóloga le servían de poco cuando el regreso a la cocina de su madre era instantáneo: nueve años y sus botas chorreaban agua y barro. “¡Te he dicho mil veces que no te metas en los charcos! ¡Eres una torpe! ¡No vales pa ná!”.  “Pero…, mamá, todo estaba lleno de agua…”. Cada otoño, la gota fría inundaba una Murcia desprevenida, una Murcia que ni siquiera hoy está preparada para asimilar tantos litros de agua en tan pocas horas. Otros niños no iban al colegio esos días, pero a ella no le dejaban andarse con tonterías.

Alberto seguía sonriendo su triunfo. Tenía que decirle lo de Mazarrón pero no sabía cómo. Mencionar a Lola alejaría cualquier posibilidad de escapar con éxito y no se sentía con fuerzas para defender su libertad por encima de los deslices del pasado.

– ¡Si te viera tu madre…! –Y volvió a reír mientras sacaba la bandeja del horno para darle una vuelta a la carne. El reloj Art Decó que le había regalado su padrino por su boda dio las tres. Algo turbio y caliente se le instaló en la boca del estómago y le incendió la garganta y los pómulos. Sintió que el otoño de Alberto le ganaba terreno y volvió a preguntarse por qué seguía con él, por qué no se iba en ese preciso momento, por qué no lo metía de una patada en el horno…

Sonó el teléfono y aprovechó para encerrarse en el dormitorio. El nombre de Lola parpadeó en la pantalla del móvil. No era el mejor momento y dudó unos instantes antes de aceptar su presencia en los despojos de su hogar.

-¡Hola! ¿Qué tal? Te llamo para concretar la inmersión del sábado.

Su voz repiqueteaba una melodía familiar y reparadora. Se dejó llevar por su calor aunque su espíritu aún rezumaba huesos húmedos y maltrechos.

-Alfonso me ha dicho que tenemos que estar en el centro de buceo a las nueve para montar los equipos y salir a las nueve y media. El barco tarda una media hora en llegar al punto de inmersión. Está cerca del Arco, ¿recuerdas el Arco?

-Sí, sí, me acuerdo. Iba poco lastrada y justo debajo del arco me subía hacia la superficie. ¡Qué apuro!

-Pues esta vez échate un kilo más porque es una inmersión poco profunda. En realidad el tiempo de inmersión es muy breve. Bajamos unos cuatro metros y nos adentramos en la pared de la montaña a través de una de las dos grandes bocas, recorremos no más de cinco metros y allí dentro volvemos a subir a la superficie para encontrarnos bajo una gran bóveda de piedra. El juego de luces es espectacular.

-¡Qué interesante!

-Eso no es todo. En esta cueva dejaremos los equipos, hasta las aletas y los plomos porque tenemos que recorrer el interior de la gruta. No olvides tu foco, aquello sin luz es una boca de lobo. El terreno no es fácil, ya te puedes imaginar, rocas resbaladizas, arena que se desprende… Y todo eso vestidas con el traje de neopreno de siete milímetros y los escarpines llenos de agua, ja, ja. Si no te resbalas es un verdadero milagro.

-¿Cuánto hay que recorrer?

-Unos ochenta metros.

-¿Y la gente sabe esto?

-Pues creo que no porque la última vez que estuve aquello parecía un viaje de la tercera edad. No te rías, no. ¡No había ni un buzo menor de sesenta años! Yo pensaba: “Cómo se resbale el que va delante subiendo, nos matamos todos”, ja, ja, ja.

La risa de Lola le devolvió tardes de primavera sobre su piel, huidas al baño con las manos entre las piernas para no mojarle el colchón de la risa adolescente que desataba su ingenio.

-La recompensa a este recorrido viene al final…

Se abrió la puerta del dormitorio:

-¿Con quién hablas? –interrumpió Alberto con impertinencia.

-Con Marisa. ¡Déjame tranquila!

-Joer, ¿qué tendréis que contaros media hora más tarde?

Lola aguardaba prudente al otro lado, en ese extremo de la línea que Alicia deseaba habitar y que ahora se preguntaba por qué había abandonado un día.

Alberto derramó otra hilera más de su ocre con otro comentario despectivo y abandonó el cuarto.

-Sigue, Lola. Era Alberto. Ya le conoces…

-Sí, veo que no ha cambiado. Yo… -Alicia sabía lo que le iba a decir, sabía que sufría por ella y que una terrible equivocación de un día no tiene por qué prolongarse toda una vida. Lo sabía pero no quería volver a oírlo.

-Lola, cuéntame el final feliz, por favor.

– Claro. Eso es fácil.

Calló un instante y prosiguió:

-Después de recorrer el interior de la cueva se abre una nueva bóveda sobre un ¡lago!, un lago de agua salobre, y nos bañaremos en él. No tiene más de ocho metros de profundidad pero te advierto que está bastante frío. Es una verdadera maravilla, una de las inmersiones más bellas que he realizado en todo el mundo. Al final, haremos el mismo recorrido a la inversa.

-Me muero de ganas por ir. Llevo mucho tiempo sin bucear y echo de menos el Puerto. Luego nos comemos una buena parrillada de pescado por allí.

Lola tardó en responder. Finalmente dijo:

-Te echaba de menos, Alicia.

Ella no respondió. Gotas de sudor le resbalaban desde la palma de la mano hasta el codo. De la cocina llegaba el olor a cordero que se filtraba por debajo de la puerta. Sobre la mesilla de noche un portarretratos enmarcaba una foto de Alberto y Alicia bajo una lluvia de arroz y pétalos de rosas saliendo de la iglesia.

Lola suspiró dos pisos más arriba:

-Ya sabes donde vivo. Si no puedes aguantar hasta el sábado…

Colgó el teléfono. Aún llevaba puestos los vaqueros empapados. “¡Ves, Alicia! ¡Eres un desastre! Siempre vuelves hecha un asco y yo todo el día aquí limpiando como una esclava para que tú me lo embarres todo”. Tenía nueve años. Miró hacia el televisor: dos chicas discutían apasionadamente y una de ellas lloraba. La película era “La calumnia”. Su madre exclamó: “¡Por Dios, qué asco! ¡Dos mujeres!”.

© Milagros López

 

 

Relato: “Narcosis”

Los martes por la tarde, escribo. No cojo el teléfono, no respondo a mensajes, no actualizo mi perfil en las redes sociales. Escribo la tarde. De esta rutina cíclica nace una inspiración dócil que, de ninguna manera, compasa mi narración sesgada, a retazos; inspiración que se adhiere a no menos de seis libretitas diferentes repartidas por bolsos, cajones, la guantera del coche, carpetas en el trabajo… Todos estos lugares se hacen huésped de un verso huidizo que me asalta en el momento más inesperado. Esta lucidez se cobija en la llegada del martes por la tarde porque sabe que ese día, (alguna que otra noche también), se abren las compuertas, se diluye el umbral de la realidad y me permito recolocar sus fronteras a mi aire.

Será por eso que no entendí que me dejaras un martes.  Ese día estoy al otro lado, donde todo es tan posible como imposible, donde tú no eras más que el vacío de tu propia sombra. A mi regreso, te habías ido. En las noticias, Audrey Mestre había perdido la vida a más de cien metros bajo el agua intentando batir un récord. Su tanque de salida no tenía aire. Mi tanque también estaba vacío. Habíamos olvidado recargarlo.

(Casualmente se me acaba de caer el bolígrafo gastado con el que escribo.

Hoy todo relata una caída…, todo relata un ahogo).

Siempre pensé que Pipín – también apneísta, marido y entrenador de Audrey -, más interesado en la fama que ella misma, más obsesionado con batir los ciento sesenta metros alcanzados por Tanya Streeter…; siempre creí que él y su subconsciente olvidaron comprobar que el tanque estaba lleno. No puedo borrar la imagen de Audrey, con ciento setenta y un metros de océano sobre sus hombros y claros síntomas de narcosis, abriendo el tanque vacío que, de haber inflado el globo, la habría rescatado de las profundidades. Un reto sin éxito. No hubo viaje de retorno hacia la luz.

Allí también quedé yo, al otro lado de un martes vespertino, atrapada en el abismo de otra dimensión, el tanque vacío y nulas posibilidades de regresar. De ahí mis digresiones: no me asilo en la misma claridad que te ampara, vivo en una tarde de inspiración continua. Todos mis días son martes de escritura, martes de oceánico no-retorno. Tras el umbral de la cordura, sólo esta oscuridad lumínica bajo los efectos evidentes de la narcosis.

Yo había puesto mi futuro en aquellas dos alianzas que cobijé bajo la menorá que adornaba nuestro salón, bajo su pie de bronce envejecido. Anillos de esperanza que ya hilvanan una nueva historia de amor en mis martes de poesía. En los aros una leyenda: “Ani le dodi, ve dodi li”. Sí, yo era de mi amado y mi amado mío. Esta persona amada, pez volador, ya no eres tú. Tú, que me abandonaste en la cara oculta del segundo día de la semana.

(El olor a quemado de un estofado de ternera me devuelve los segundos de lucidez necesarios para descubrir que el guiso es mío. Aun sin oxígeno, el cuerpo tiene sus exigencias y me veo obligada a cocinar de tanto en tanto).

“Ani le dodi, ve dodi li”. A este lado encontré lo que tú no supiste darme: se tensa mi cuerpo como las cuerdas de un violín, vibra en una nueva melodía. (Rozar la inmortalidad es tarea de ángeles al alcance de todo el que encuentre amor en la tierra). Invadida por su cuerpo y alcanzada por su alma, te puedo asegurar que me alejo del sello insalvable de la muerte. “Ani le dodi, ve dodi li” susurrado al oído, su mirada invasiva y el camino cobra sentido; tu abandono cobra sentido en este ascenso a lo único verdadero. Cuando despierto ya no está aquí, quizá nunca ha estado, salvo por la certeza de que en mi piel brillan escamas de su cola y un hechizo azul atenúa el amanecer.

Me levanto y veo que es lunes. La ilusión de haber escapado de la tarde del martes me dura poco, sólo hasta que abro tu lado del armario y confirmo que sí, que te has ido con tus horrendas camisas de cuadros que ahora me gustaría olfatear; en el despacho, estantes vacíos donde se desbordaban tus libros de arte – te enamoraste de mí por mi belleza prerrafaelista (ahora pienso que mis veinte años de entonces y la frescura de mi piel algo tuvieron que ver con ese profundo amor).

Si no consigo quitarme la bata, regreso a mi tarde de martes con un tazón de té en la mano y el olfato agudizado para detectar arrecifes, praderas de posidonia y hasta algún mero que me supere en edad. Nada de esto ocurre tras el desaliño de mi pelo que no he vuelto a cortar desde que te fuiste hace… ¿seis meses?, ¿dos?, ¿un año?… No hay océano en una habitación donde igual me encuentro la antología de Pizarnik que un calcetín o aquella camiseta con la buzo bebiendo Martini que tanto te gustaba.

Si consigo quitarme la bata, revestir el desaliño con un toque de modernidad “indie” y traspasar la puerta de mi piso…  llegar al pasillo, recorrerlo de principio a fin, tomar el ascensor siempre tan pequeño, descender los seis pisos sin detenerlo antes de alcanzar el bajo y superar el portón que da a la calle –esa laguna inhóspita de gélido infinito –… Si logro llegar hasta ahí, el resto es fácil porque, además de escribir, trabajo entre libros, en la Biblioteca Regional. Es sencillo disimular la evasión. Deshabitar la realidad que ellos conjugan contra mí me hace una librera interesante y, en mis momentos de confianza, invulnerable.

A veces, mientras coloco la sección de filosofía, me parece verte en uno de los pasillos con tus vaqueros de caída libre. Desaparecen las telarañas de mi pelo y me veo con mi blusa blanca luciendo aquel escote de vida y erupción. Llegas hasta mí  – ani le dodi – cuando no queda apenas nadie, salvo algún estudiante enfrascado en su M.I.R. – ve dodi li, me robas de mis prisas con un decidido arranque de tu mano en mi cintura. Tus dedos ávidos encuentran las aguas que ya riegan mi euforia, se adentran para calibrar la curvatura de la gruta ya abonada. “Mi secreto está en el derecho. Llénate la boca con él y soy tuya”. Aprendiste rápido. Ahogar los gemidos entre libros de uso público no era fácil, amortiguar los envites, recomponer las caras radiantes de oxitocina y despertar a las ocho de la tarde de un miércoles en la biblioteca de una ciudad abierta al sol.

Hoy, que he dejado la bata resbalar por mis hombros hasta ovillarse en el suelo, te he visto venir hacia mí con decisión, encontrar el camino preparado –como siempre- y arrebatarme lo que sigue siendo tuyo – ani le dodi – para dejarme abierta y vencida pero con la certeza de haberte cercenado la aleta dorsal – ve dodi li –. Ha sido aquí, a la vista de todos porque es lunes por la mañana y la biblioteca asila a cientos de estudiantes en fuga. Después he reído tanto y tan desmesuradamente que Alicia me ha acompañado a casa, me ha puesto el pijama, la bata – otra vez –, y me ha sentado en el sofá con una pastilla debajo de la lengua.

– Luego me paso a verte. Esta tarde.

He pensado: “No. Esta tarde no. Esta tarde no estoy. Es martes. Esta tarde es martes”. Pero, antes de verbalizar con lentitud de lengua desmayada mis pensamientos, Alicia se ha adelantado:

– Hoy es lunes. Tranquila. Todo está bien.

Yo, en realidad, habría echado un polvo de lunes hasta con Alicia a falta de otro cuerpo, pero ella no se acuesta con heteros que quieren experimentar.

Probablemente sea cuando conduzco el período del día en que menos evidentes son la angustia y el terror. Probablemente al volante de mi opel, estoy a este lado como todos vosotros. “Rien, rien de rien, non, je ne regrette rien…”. Eso sí, toda esta euforia devendría pánico si un pájaro se estrellara contra mi limpiaparabrisas. Frágil sensación de bienestar, pues, si está tan íntimamente ligada a los débiles huesecillos de aves despachurrados frente a mis ojos. Soy una conductora fiable, de eso estoy segura. Tus risas en mis labios rodando por la cama de aquel hotel en Alicante. Nos cambiaron a la habitación del fondo del pasillo para no participar de nuestros gemidos. Cerraron las puertas cortafuegos. No, Edith, moi “je ne regrette rien, ni le bien qu’on m’a fait, ni le mal…”. Después los camareros cuchicheaban a nuestro paso, se morían de envidia.

Me está pitando la furgoneta que llevo detrás porque he dejado que el semáforo se ponga en rojo en dos ocasiones: no veía despejada la ruta, no lo veía claro. Soy una conductora precavida. Además, cuánta belleza en los juncos que se doblan pero que ni el viento de veinte nudos, que nos asola hoy, consigue quebrar. “Tout ça m’est bien égal”.

Cuando me quito la bata, conducir hacia el trabajo es el mejor momento del día. No te sabré multiplicar ocho por nueve, ni me pidas que sume los días que te tuve a los que me tuviste, para restarles los que permanezco bajo tantos metros de agua tras la pared visible de un martes; pero te juro que levito unos centímetros – mi coche incluido en este ascenso –, cuando la impaciencia de los conductores y el guardia civil que me acaba de señalar que me aparte hacia el arcén, me lo permiten. Soy una conductora responsable. ¿Cómo decirle que andaba ocupada reubicando la cresta de la Sierra de Columbares? ¿O que alguien tendrá que desenredar la niebla que sofoca a los almendros si deseamos una adecuada floración? “Maybe I didn’t hold you all those lonely, lonely times”. Salgo del coche y sonrío, sonrío mucho, sonrío tanto que ya río a carcajadas. De esta manera, el agente comprenderá que yo, cuando y sólo cuando conduzco, vivo a este lado y que, aunque ya no compartas mis sábanas, tés, calderos ni profundidades del Mar Rojo, soy una sensata conductora. Hablo tan rápido y río tanto que… Río para resultar agradable y sostengo un libro de Machado entre las manos para denotar cultura y equilibrio. En menos de cinco minutos le he contado al agente que me dejaste pero que lo tengo superado, que sigo trabajando cuando la euforia me embarga y, que si encuentran los anillos que escondí bajo la menorá, no permitan que los nazis los fundan para adornar con esvásticas sus uniformes.

De los juncos, los almendros, la Piaff, Machado, Elvis y los agentes, no sé cómo me encuentro de nuevo en mi salón, el cabello recortado para contrarrestar el desaliño y la bata puesta otra vez. ¿O no es mi salón?

Hoy, he tomado un ascensor para remontar  los metros de masa oceánica que un día oprimieron el cuerpo de Audrey. La ausencia de gravedad en el nuevo medio es lo mejor de haber sustituido mis pulmones, que habían quedado reducidos al tamaño de un aguacate, por branquias. Azul hasta donde la vista alcanza, desorientación hasta encontrar las paredes volcánicas sobre las que destaca mi vestido blanco. Me tumbo sobre el fondo de arena blanca, contemplo en la superficie las ondas de cristal que me aíslan de otro día que no sea martes, de otras horas que no sean las de la tarde.

El agua de los pasillos camino del ático facilita mis movimientos, mi cuerpo ondea explorando su nueva condición pisciforme. Se detiene mi corazón unos instantes cuando aparece Evaristo, el conserje, que me descubre transformada en corvina para acompañar a la apneísta en su descenso. Tardo en recuperarme del susto dos largos minutos. Intento disimular mis aletas, le cuento que he subido a despejarme, que de tanto bucear entre enciclopedias se me están oxidando las escamas. No sé si me comprende o, tras su sonrisa, está marcando el móvil para que me pongan la bata de nuevo. Mi única misión ahora que se me han regalado branquias y ocho aletas, es salvar a Audrey Mestre, salvarme de los ciento setenta y un metros, descender en tu olvido para elevarme sin ti. Ani le dodi, ve dodi li. Las alianzas bajo la menorá en el lecho oceánico… yo las recuperaré. Rescartarme, rescatarla, rescatar las alianzas: ése es mi único objetivo. Me desnudo del martes, de la bata y de la apariencia humana… al fondo del océano de estos doce pisos.

Recital “Poetas en cercanías” Alicante

El 7 de enero tuve el placer de participar en el proyecto “Poetas en cercanías” propuesto por el colectivo Letras de Contestania en Alicante. Como acostumbran a hacer, reunieron a tres poetas: Antonio Soriano de Alicante, Matías Miguel Clemente de Albacete y yo, Milagros López, de Murcia.  Fue una mañana llena de poesía en The October Press ante un público culto, atento y respetuoso.

Vídeo de Juanjo Queplus en YT: https://www.youtube.com/watch?v=DU2F1fHfg4g Poema: “Poesía”.

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“Ponte en mi piel”

La poesía también se hace necesaria para denunciar la violencia de género o la situación de la mujer migrante. Con este objetivo nace este proyecto de fotografía y poesía coordinado por Nieves Álvarez y subvencionado por la Dirección General de Igualdad y Mujer del Gobierno de Cantabria.

El proyecto se concreta en dos acciones: una exposición de fotografía, con instalaciones poéticas, y la publicación de un libro catálogo (de 100 páginas) que incluye reproducciones de las obras y poemas que tienen como tema común la eliminación de violencia contra las mujeres en general y las mujeres migrantes y refugiadas en particular.

Ponte en mi piel se desarrollará a lo largo de 16 días (entre el 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer y el 18 de diciembre, Día Internacional del Migrante) y se enmarca en la propuesta ÚNETE de las Naciones Unidas-ONU: 16 Días de activismo contra la violencia de género.

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Asociación Genialogías

La Asociación Genialogías existe ante la necesidad de visibilizar a la mujer poeta y alcanzar la equidad de género en el canon literario así como en todos los ámbitos de la poesía, haciendo especial hincapié en los jurados de concursos, en los ganadores y en la participación en las antologías y publicaciones.

El último encuentro de mujeres poetas tuvo lugar el 29 de octubre de 2016 en Madrid. Por la tarde pudimos disfrutar de un recital que puso muy de manifiesto la salud de la que goza la poesía escrita por mujeres en España: Juana Castro, Noni Benegas, Marta Agudo, Cecilia Quílez, Idoia Arbillaga, María Ángeles Pérez López, Verónica Aranda, Yaiza Martínez, María Solís, Ana Mañeru, Isabel Navarro, María García Zambrano, Ana Ares, Olga Muñoz Carrasco, Montse Villar, Nieves Álvarez, Rosana Acquaroni, Maribel Tena, Luisa Antolín, Nieves Muriel, y muchas más, incluyendo a la que esto relata.

Esta es la web de la Asociación donde encontrarás todo tipo de información, eventos y publicaciones: http://www.genialogias.com/

En la foto de izquierda a derecha: Nieves Muriel, Idoia Arbillaga, Olga Muñoz Carrasco, Milagros López, Cecilia Quílez, Rosana Acquaroni y Noni Benegas.

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Unos versos para “La Galla Ciencia”

Ha sido un placer compartir este poema de A ras del mar publicado en la antología Desde el mar a la estepa en los RECitales de la revista  “La Galla Ciencia”, que ya se han convertido en un referente de la poesía actual y que pronto sacará su número seis.

Blindé tenue el azul.

Un paso caído por las capas del tiempo

y esquelas desleídas

en las palmas de los huesos.

Pervive el retrato horadado al mañana

que anclaron nuestros cuerpos,

cuerpos

que ya clausuraron el miedo.

 

http://recitales.lagallaciencia.com/search/label/MILAGROS%20L%C3%93PEZ

“Voces en Off”, Alejandro Céspedes

Voces en Off, Alejandro Céspedes, Amargord, 2016

Partiendo de  El pliegue o primera catástrofe elemental según la teoría de René Thom, nace Voces en Off. Si ya en Topología de una página en blanco asocié a Céspedes con Miró, en Voces me veo abocada a hermanarlo con Dalí, no sólo porque comparte con él la pasión por la Teoría de las Catástrofes, sino también por el evidente surrealismo de algunos pasajes. Sin embargo, es tal la riqueza intertextual de Voces y la ruptura de los conceptos que nos dan estabilidad (espacio y tiempo, entre otros) que sería empobrecer su desbordamiento de la bidimensionalidad y su indefinido potencial el limitarnos a un surrealismo indeterminado.  Sí resaltaré, en cambio, su genialidad.

Para aproximarte a la nueva obra de Céspedes, deja atrás todos los “pres” que te lastran como lector, y hasta como poeta: ideas preconcebidas, prejuicios, predisposición errónea (o no) a los géneros preestablecidos,… Para adentrarte en Voces en Off abre puertas y derroca los límites que dirigen un camino inequívoco hacia la poesía. Nos vamos a encontrar con una obra única como ya apuntaba la trayectoria iniciada en Topología… Lector, no busques poesía, ni teatro, ni narrativa, ni Física, ni Filosofía, ni Cine, ni Lingüística, ni… pero los encontrarás todos para poner tu mundo patas arriba. Si ya a estas alturas no te has rendido a lo inesperado, que viene a zarandear tu rutina “lectora”, sufrirás seriamente los desajustes de ser un “lector in fabula” inapropiado para Voces en Off, habrás quedado fuera de este teatrillo, del juego de la oca, de la casita de muñecas…

Cuando termines de leer esta propuesta rompedora e incomparable de Alejandro Céspedes poco importará qué era realidad y qué ficción, las distinciones que nos dan seguridad se tambalean: verdadero o falso (o insignificante), visible o invisible, dentro o fuera, correcto o incorrecto… Al final, prevalece su visión y la lógica ilógica con que dispone, discurre y combina el lenguaje y las artes. Al final, todo cobra sentido en su sinrazón y esto nos devuelve la estabilidad que tan generosamente le entregamos al comienzo de la lectura. El desprendimiento de preconcepciones al que aludí al principio mereció la pena. No podrás concretar qué género se abrió ante tus ojos con Voces en Off, lo que ya poco importa, pero con Alejandro Céspedes la Poesía ha dado un paso de gigante, ha alcanzado el siglo XXI, y me permito asegurar que estamos ante la obra de un genio.

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III Festival Carboneras Literaria 2016

Con motivo de la presentación de la antología de poemas basados en películas rodadas en Almería, “Por un puñado de poemas”, tuvo lugar un recital en el Castillo de Carboneras dentro del III Festival Carboneras Literaria que coordinan Lorenzo Silva y Noemí Trujillo. Fue un placer recitar junto a poetas como Andrea Aguirre, Idoia Arbillaga, José Domene, Josep Piella Villla… y muchos más.